#Beisbol #LVBP IGNACIO SERRANO /// Theo Epstein y el nuevo Moneyball.

¿Qué hubiera pasado si Billy Beane acepta la oferta de los Medias Rojas y se muda de Oakland a Boston en 2002, como estaba supuesto? ¿Habría terminado la larga espera de los patirrojos? ¿Se habría ido luego a Chicago, para poner fin también a la sequía centenaria de los Cachorros?

Una mejor propuesta de los Atléticos fue el aleteo de la mariposa en el océano Atlántico. Los californianos le ofrecieron a Beane algo irrenunciable: convertirse en copropietario, y un cargo ejecutivo aún mejor.

Se suponía que sería el nuevo gerente general de los Medias Rojas. En cambio, le propuso a los dueños de esa divisa el nombre de Theo Epstein.

Ese día comenzó el camino de Epstein al Salón de la Fama.

Sólo tenía 28 años de edad. Era demasiado joven para tomar las riendas de un equipo, especialmente uno con tanta historia y presencia en los medios de comunicación.

Ese Epstein celebró su trigésimo cumpleaños con un anillo de Serie Mundial, cortando la mala racha de los Medias Rojas y convirtiéndose en una celebridad.

Llegó al Fenway Park gracias al Moneyball, aquella oleada de nuevo análisis y antipatía que dividió las aguas beisboleras entre los tradicionalistas y los partidarios del nuevo análisis.

Pronto probó lo que no pudo Beane en Oakland: con ideas revolucionarias, el apoyo de las estadísticas y, sobre todo, dinero, se puede ganar en las Grandes Ligas.

A los Atléticos les sigue fallando la chequera. Pero Boston, en su momento, y Chicago hoy, así como muchos otros contendores, han tenido la posibilidad de combinar lo novedoso con una buena cuenta bancaria.

El resultado es esta divisa que puso fin a 108 años de sequía, con un roster que promete varias temporadas de combate.

Epstein fue más allá de lo que había hecho. Llegó a su anterior trabajo con una nómina a medio hacer, plena de figuras, a la que añadió las piezas que hacía falta, según la filosofía que le inspira. A la Ciudad de los Vientos llegó sin nada, como no fuera el plan de vuelo que indicaba empezar de cero.

Tomó a los Cachorros en 2012 y emprendió una total reconstrucción. Esa vez perdió 101 juegos. Dijeron que estaba mordiendo el polvo, debido a su matrimonio con la sabermetría.

Epstein, en realidad, estaba diseñando un nuevo edificio a partir de los cimientos. De todos los peloteros que vieron acción con los oseznos en esta Serie Mundial, únicamente el boricua Javier Báez llegó al club antes de llegar el ejecutivo.

Todos los demás llegaron a partir de 2012: los pitchers de recta poderosa y los bateadores con buena defensa y buen promedio de embasado; los prospectos de primera línea, como Khris Bryant, al que pudo firmar gracias a los tiempos malos; los excelentes cambios, que le permitieron conseguir a Jake Arrieta, a Anthony Rizzo, a Adison Russell, a Aroldis Chapman, a Kyle Hendricks y otros. Los poquísimos agentes libres que necesitó, entre ellos Jon Lester, Ben Zobrist y el mismísimo manager Joe Maddon, que todavía esconde su devoción por el nuevo análisis con respuestas evasivas que van a contramano de lo que aplica en el terreno.

La victoria de los Cachorros es una fiesta, la clarinada de esperanza para los perdedores de siempre. Es la garantía de inmortalidad para Epstein, que ya tiene una placa esperándole en Cooperstown. Y es la postdata que faltaba en Moneyball.